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domingo, 4 de diciembre de 2022


 

Desde la butaca

“Guerrero”

Maravilla Flamenca

David Gómez Frías

 

Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Sala. Fecha: 2 de diciembre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “Guerrero”. Baile: Eduardo Guerrero. Cante: Anabel Rivera, Pilar Sierra y Samara Montañez. Guitarra: Juan José Alba. Dirección musical: Javier Ibáñez y Juan José Alba.  Compañía: Eduardo Guerrero.

 

En la antigua China, hace veinticinco siglos, el general y filósofo Sun Tzu escribió El arte de la guerra, un libro compuesto por trece capítulos dedicados cada uno a un aspecto bélico. Sus enseñanzas son interpretadas hoy día, y llevadas a la práctica de la exigencia vital actual, con inquietud de crecimiento personal. Frases pequeñas de su contenido son extraídas a modo de lecciones que conforman el itinerario de crecimiento personal de cada vez más individuos. Eduardo Guerrero lo ha hecho para llevar la filosofía militar del maestro Sun Tze al arte del flamenco. En su cartel promocional, bajo título, aparece una lección extraída del mencionado libro “El arte de la guerra”: ‘La mejor victoria es vencer sin combatir’. Pero lo vivido en el teatro de La Merced, como cierre del FIT Cazorla fue un combate puro de emociones y quebrantos en el escenario y en el público. Aquellos entendidos en este arte inmaterial de la humanidad dirán que Guerrero pasó por múltiples palos, por distintas estructuras flamencas, serán capaces de distinguir saetas de seguiriyas, bulerías, nanas o serranas, hablarán también del refinado estilo del interprete, de su maestría o atrevimiento. Aquellos que sólo recibimos el producto final, sin olvidar el valor que hay que otorgar a cada proceso creativo, cultivado desde los orígenes infantiles del artista, apenas podemos sobrecogernos, dejar que se sobresalten todos nuestros sentidos y volar, taconear, soltar bravos al aire y contener alguna lágrima que quiere estallar, correr por tanta emoción contenida. Al fin y al cabo, eso fue ‘Guerrero’, un tránsito emocional, un paréntesis desgarrado de taconeo en el escenario que extendió su contagio a vuelo rasante sobre los ocupantes de cada una de las butacas. El arte de Guerrero viajó por los perfiles femeninos y masculinos de una creación efímera capaz de sobresaltar los espíritus tranquilos del público. Desgarro de guitarra sobre el silencio, taconeos, contornos y voces que atravesaban el pecho para ampliar el corazón ya henchido de arte. Movimientos contenidos o desbocados, femeninos y delicados, toscos de soldado combatiente en aquello de los amores distintos, traiciones distintas, perdones distintos. Voces que alcanzan la textura de todas las almas, alzando los desgarrados timbres sobre la intención colectiva del agradecimiento hacia un regalo de alta intensidad emocional. Al fin, todo lego en la materia debamos entender el flamenco, toda la exposición que lo acompaña, como una queja de alma que no puede ser contenida en el espacio limitado de los cuerpos, un quebranto del espíritu que se eleva sobre la provocación de la guitarra, que gime desde las gargantas que contienen hasta lo insoportable el dolor o la alegría, que mueve, retuerce, lleva en vuelo delicado el movimiento del cuerpo traductor hasta dar alcance al sagrado vínculo del arte. ‘Guerrero’ pasó por nuestro pecho para dejar cicatrices en la memoria, para llamarnos a despertar y permanecer anclados en la belleza inmaterial del flamenco. La mejor victoria es vencer y convencer con el arte que vuelve trémula el alma.

martes, 29 de noviembre de 2022


 

Desde la butaca

“Que salga Aristófanes”

Supongamos

David Gómez Frías

 

Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Sala. Fecha: 27 de noviembre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “Que salga Aristófanes”. Artistas: Ramón Fontseré, Pilar Saenz, Dolors Tuneu, Xevi Vilá, Albert Castrillo Ferrer, Angelo Crotti. Dirección: Ramón Fontseré. Dirección de escena: Alberto Castrillo Ferrer. Dramaturgia: Els Joglars.  

 

Supongamos que la sociedad avanza en tecnología, derechos y tonterías. Supongamos que estamos perdiendo la cabeza, el norte, la compostura,  con posturas sociales irrelevantes y nacidas solamente para el postureo inútil y caduco. Supongamos que el sentido común es una herida cicatrizada que apenas nos deja un regusto a pasado rancio. Supongamos que el sabor de la actualidad es tan sumamente serio que no  cabe sobre él más que una interpretación cómica, tan absurda y profunda como la pretendida seriedad de las cosas que debieran ser más sencillas. En este suponer, que podría ser incesante y no perecedero, podríamos conseguir desarrollar un ensayo intelectualmente cómico que enfrentase las razones de la locura, alcanzada por vacío cultural, con la cuerda actitud de los que viven amparados por lo políticamente correcto. En este juego de locuras que no lo son tanto y corduras que necesitan revisión tiene significado el trabajo más reciente de Els Joglars. Porque “Que salga Aristófanes” no es nada más y nada menos que eso, un juego de crítica sustentada en hilarantes conexiones con la comedia griega. Un compendio de saber hacer teatro tan absurdo como profundamente incisivo en su llamar las cosas por su nombre. No se deja escapar lo moral y lo ético, el valor otorgado a la cultura y el peso de no saber apreciarla, el capricho político y su capacidad para instrumentalizar los avances sociales, así como su propia incapacidad para dejar de provocar situaciones pueriles o acotar la manoseada libertad de expresión. Este ‘Aristófanes’ de Joglars no deja títere con cabeza mostrando llagas que se presentan como avances, cicatrices que llegan a alcanzar por incompetencias demostrables al propio vehículo originariamente vertebrador de una sociedad: su lenguaje y el uso pretendido que del mismo se quiere imponer. Sesenta años de teatro para cualquier compañía son demasiados, pero Joglars parece mantener intacta la fórmula de su longevidad: buen hacer, un concepto finamente desarrollado de lo que debe ser el teatro, equilibrio actoral por el cual se hace imprescindible el personaje pequeño tanto como el principal, una dirección escénica milimétrica, un alarde técnico consolidado en la experiencia, y una pasión por la burla y la risa capaz de dar significado a la misma locura. El hilo principal del propio argumento ya es, de por sí, un ingrediente provocador para una generación teatral surgida del imaginario de Joglars: la reeducación cultural de los individuos. “Que salga Aristófanes” es un manual de libro para quien, en este día a día, no se entera de nada, ni se siente protagonista de una crónica tomadura de pelo.


domingo, 20 de noviembre de 2022


Desde la butaca

“Erritu”

La lengua del movimiento

David Gómez Frías

 

Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Sala. Fecha: 18 de noviembre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “Erritu”. Bailarines: Alain Maya, Eneko Gil, Ibon Huarte, Izar Aizpuru, Nerea Vesga, Urko Mitxelena. Canto: David Azurza. Creación musical: Sharon Fridman. Dirección artística: Jon Maya & Sharon Fridman.  Compañía: Kukai Danza y Sharon Fridman.

 

El 18 de noviembre del año 2022, en la edición número 26 del Festival Internacional de Teatro de Cazorla, aquellos que hicimos con nuestra elección acto de presencia en las butacas del teatro de La Merced, fuimos testigos de los ritmos que nos unen a nuestros ancestros, a la naturaleza y al significado del ser humano individual y colectivo. La bendita costumbre de entender este festival como un escaparate de las artes escénicas en su conjunto, dando pie a que la danza contemporánea acuda a un escenario como el nuestro, da lugar a que el público pueda enfrentarse a espectáculos que superan el hilo argumental y se convierten en puro pálpito sensorial. Según las líneas de presentación, el argumento ‘Erritu’ es un viaje individual y colectivo en el hilo vital del ser humano, y no hay que negar esa presentación. Desde el punto de vista del público, desde la butaca de los individuos que allí estuvimos, asistiendo a un espectáculo que hizo vibrar las líneas externas del espíritu, ‘Erritu’ fue un ejercicio sensorial de acercamiento a nuestro propio interior. Ya desde un ejercicio individual, ya desde la inspiración colectiva se hizo innegable la unión espiritual del ser humano con sonidos, movimientos, anhelos y esperanzas. El camino expuesto desde el movimiento de los bailarines, de las bailarinas, el hecho musical, la luz misma que en su juego logra establecer el nexo entre lo terreno y lo sagrado, la naturaleza y la delicada línea de vida humana, la voz, esa voz capaz de hilar presente, pasado y futuro en un temblor oculto en el pecho de los invitados a esta espectacular ceremonia. El mismo acompasado y forzado respirar de los bailarines parecía traer a veces el mar y a veces llevarse la vida. Desde el inicio se comprende en ‘Erritu’ que se trata de un dejarse llevar, un dejar desnudo el bloqueo espiritual para que nos entre por los espacios de los huesos el ritmo, la lengua del movimiento y sucede entonces, público y cuanto sucede en el escenario son un complemento, un territorio cultivado con el arte para condicionar el significado de un lenguaje corporal implacable con su argumento y capaz de elevar sensaciones dormidas hacia la memoria pasada y futura. Porque eso es ‘Erritu’, un viaje desde el origen hasta los días que seremos, un paso por el miedo, la confianza, el encuentro, la esperanza conjunta y el riesgo seguro de llegar mañana a eso que llamamos muerte. Así hablan los cuerpos, así dicta la música, así contagia la garganta la posibilidad que somos como seres humanos ora individuales, ora colectivos, pero siempre danzando en el juego caprichoso que genera la luz cuando, más allá de la costumbre, identifica en sus destellos el amor, la valentía, el temor, la desesperación con ese momento en el que dejamos de ser para no estar más. Sí, ‘Erritu’ es danza, pero en esta ocasión es un viaje por el movimiento que identifica la vereda espiritual de la vida. 

jueves, 17 de noviembre de 2022


 

Desde la butaca

“La fábula de la ardilla”

Una lección de la naturaleza

David Gómez Frías


Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Teatrino. Fecha: 15 de noviembre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “La fábula de la ardilla”. Actores Erizo: Carles Pijuan o Ferrán López. Actores Ardilla: Emiliano Pardo o Enric Blasi. Músico: Pau Elías. Autoría: Jokin Oregi & La Faldufa: Enric Blasi, Emiliano Pardo, Carles Pijuan. Dirección: Jokin Oregi.

 

Al espíritu inquieto de los pequeños se le retiene y conquista con imaginación, pero no basta con creer que nuestra condición de adultos nos otorga ventajas frente a la capacidad infantil de comprender, aprender y hacer juicios. Para ofrecer a un niño un acto creativo no podemos construir sobre el prejuicio que resta inteligencia a su mente. Antes, por el contrario, un adulto debe lograr que su perspectiva creativa respete la simbología y representación del mundo infantil. No siendo así, no estando a la altura de lo complicado que resulta conquistar, llamar la atención, retener centrada en una historia la curiosidad infinita de los pequeños, cualquier cometido, cualquier creación que podamos ofrecerles perderá toda posibilidad de éxito. El único ingrediente que funciona para que un adulto se enfrente a la enorme tarea de captar la atención consciente de los niños se encuentra en la madurez del niño que todos llevamos dentro. La magia infantil no desaparece sino que se ahoga con la edad, se encierra en el pecho oscuro del adulto devorado por la velocidad de la vida. Despertar esa magia requiere recuperar nuestro espíritu infantil llevándolo al extremo de la necesidad vital. El cultivo y cuidado de esa magia infantil es el secreto de “La fábula de la ardilla”. Un secreto que capta y cuida la sensibilidad de los pequeños hasta llevarlos a ese rincón de la atracción que hace suya cualquier historia. “La fábula de la ardilla”, cuando pudiera parecer  algo absurdo, juega y construye lazos entre la sensibilidad, la imaginación y la riqueza ofrecida para aprender que en toda lección oculta hay resquicios de admiración y simpatía. Como su título indica, estamos ante una fábula sin texto humano pero enriquecida con el lenguaje del gesto y la identificación de los personajes, que tanto valor da a un montaje de teatro infantil. ”La fábula de la ardilla” es un pequeño tesoro, un regalo teatral capaz de llenar de pequeña magia el reducido tamaño de los corazones infantiles. Desde el inicio, su sencillez de argumento logra captar la atención de un público pequeño pero exigente. Al cabo, todo era pequeño, una historia insignificante narrada en el espacio que va de las raíces de un roble viejo, marcado por la llegada del otoño, hasta la altura de sus ramas. Una ardilla que recolecta los frutos que caen a su alcance y al alcance de otros. Un erizo ofendido por el descaro de la ardilla y preocupado por el bienestar de su familia. Hay también peligros expuestos en un lobo feroz y en la velocidad de los vehículos humanos. Hay situaciones desgraciadas y lecciones de vida que marcan el devenir de los personajes. Hay un piano y un músico que extrae de él la banda sonora de cada momento, de cada experiencia, del instante en el que la diferencia nos hace pensar que tal vez nos parecemos más de lo que estamos acostumbrados a admitir. “La fábula de la ardilla” es un ejercicio delicado y de respeto a la imaginación infantil, un regalo para el cultivo de lo teatral en el público pequeño.  

 

 

domingo, 13 de noviembre de 2022


 

Desde la butaca

“La panadera”

Ese teatro incómodo

David Gómez Frías

 

Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Sala. Fecha: 11 de noviembre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “La panadera”. Reparto: César Gambeiro, Sandra Ferrús, Elías González, Susana Hernández, Nartxelo Rubio. Texto y Dirección: Sandra Ferrús.   Producción: Centro Dramático Nacional, Açafrao Producciones, El Silencio Teatro, Iria Producciones.

 

La palabra dramática puede llevarnos a la risa, puede encender sensaciones de bienestar capaces de hacernos sentir pasión por este arte, pero el teatro tiene la obligación social de ponernos frente a un espejo y señalarnos con el dedo. El teatro tiene la obligación de hacernos sentir incómodos en la butaca, ya con el argumento, ya con sus personajes, ya volando raso sobre una realidad social que lleva al desamparo a sus propios protagonistas. Eso es, ha de ser también el teatro: un dedo en la llaga, una palabra que hiere sobre el escenario porque deja al descubierto las conciencias del público, un reclamo que logre identificar, justificar, llevar a la empatía al público con el reparto de un montaje. Cuando esto sucede, cuando el ejercicio teatral consigue remover conciencias, cuando al espectador le duele aquello a lo que asiste por la sencilla razón de mostrarse absorbido y empático por el argumento y con sus personajes, entonces sucede que estamos asistiendo a un trabajo teatral de enorme calidad. “La panadera” mostrada en La Merced ha sido eso, un extraordinario ejercicio teatral capaz de remover la cómoda postura del espectador. Su argumento, de rabiosa actualidad, nos acerca a las dificultades emocionales de una familia normal que ve roto su equilibrio por una sombra del pasado. Este argumento trae a nuestros días un vídeo de contenido sexual, que su protagonista grabó en un tiempo anterior a su propia familia. El furor social de nuestros días da con dicho vídeo en las redes sociales, iniciando así un proceso de escarnio público, vergüenza, dolor, destrucción, humillación, juicio. Frente a este acoso social la familia impone la confianza, el amor, el abrazo como símbolo de unión y soporte, así como un negarse a la derrota que provoca la grieta de la desnudez. Con estas ligeras palabras se resume un argumento que hace y requiere una muy merecida recomendación para asistir a cualquier otra representación de “La panadera”. Por sí sólo podríamos decir que hablamos de un argumento corriente, pero la justicia a este paréntesis teatral tiene en sí mayor justificación que la meramente argumental. Si por actual no hacemos el juicio de valor correcto, es necesario afianzar el valor de esta historia en la dificultad de su narración, consiguiendo su autora hilvanar un juego temporal de difícil encaje pero resuelto con equilibrio e imaginación. A un texto complicado añadimos una no menor puesta en escena dinámica y atractiva, así como un trabajo técnico medido y cercano a la perfección. Pero el mayor valor de “La panadera” lo encontramos en su trabajo de dirección y en el oficio de los actores que componen el reparto. En conjunto, se hace preciso poner en valor a todos los actores, quienes logran una naturalidad en su actuación capaz de llevar al espectador a la empatía absoluta con sus personajes. Pero sobre ellos y sin menosprecio de nadie, Sandra Ferrús hace vivir a un personaje herido y roto, logrando llevar el significado de su actuación al mérito propio de las grandes actrices. Resumir en breve la exposición de “La panadera” nos lleva al teatro incómodo de rabiosa actualidad, puesto en el escenario con el trabajo excelente de un equipo que aúna en buena mezcla una muestra teatral de nota excelente.  

domingo, 6 de noviembre de 2022


 

Desde la butaca

“Silencio”

Ingredientes del teatro eterno

David Gómez Frías

 

Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Sala. Fecha: 4 de noviembre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “Silencio”. Actriz: Blanca Portillo. Autor y Dirección: Juan Mayorga.   Producción: Avance Producciones Teatrales.

 

Sucede pocas veces, en tan contadas ocasiones que no siempre se lleva la cuenta ni en la palabra que habita nuestra memoria, ni en aquella que se enfrenta a la eternidad puesta sobre blanco. Quizás por eso hay que dar carácter de permanente en los dos ámbitos, el de la memoria que no ha de olvidar y el de la palabra escrita que nunca se ha de borrar, el milagro teatral que tuvo lugar sobre el escenario de La Merced. Otros escenarios lo han vivido antes, otros muchos lo vivirán después si en el momento que ocurre se le concede la condición innegable de algo milagroso. No es esto palabrería gratuita, el Teatro de La Merced, de Cazorla, ha vivido, sentido, se ha emocionado, ha aplaudido un ejercicio teatral que pudiera ser etiquetado como un hecho realmente divino. Divino porque las circunstancias han querido que se reúnan los ingredientes necesarios para esa mezcla que precisa un toque elevado de gusto y amor por el teatro. No es menospreciar al resto, sino alzar la luz de una creación teatral que por sí sola se coloca sobre las demás y lo hace como ejemplo humilde, intelectual y con tremendo respeto y admiración hacia la historia misma del teatro. Y es que, analizando los ingredientes, el mejor autor teatral del momento, su discurso de acceso como Miembro de la Real Academia de la Lengua Española y Blanca Portillo, de la que no cabe decir más, no se puede esperar más que la realidad de lo permanente en ese milagro continuo que es el teatro. Ya tiene algo de milagro el hecho mismo de que un autor teatral alcance la gloria lingüística de convertirse en Académico, pocos dramaturgos le han precedido con tanta claridad. Mayor gloria es que, en su aparente timidez e introversión, Juan Mayorga redacte un ‘Discurso de acceso’ que logre aunar sencillez, intelectualidad, conocimiento y belleza literaria al mismo tiempo, sin mayor intención que dar brillo a un acceso, a la apertura de una puerta que guarda al otro lado, en su interior, la delicada tarea de dar brillo a las palabras. Y lo hace con un discurso en el que alaba la teatral y necesaria figura del ‘silencio’, marcando un recorrido histórico y literario sobre el valor ahora pasivo ahora activo, siempre contenido, del silencio. Esta justificación necesaria la lleva a cabo precisamente con la única herramienta clara con la que el ser humano rompe sin estridencias ese silencio: la palabra, la palabra escrita, sosegada, literaria y brillante de alguien que ha sido llamado a ser protector de la misma. Tenemos, por tanto, un dramaturgo que quiso ser poeta y acabó haciendo un discurso por ser autor de teatro, tenemos un discurso que viene a ser una pequeña joya literaria de un autor que hace teatro y, para no romper con su verdadera y aplaudida vocación dramatúrgica, se hace necesaria un actor, una actriz con la que poder llevar a los altares del teatro el contenido literario del discurso. Blanca Portillo es el ingrediente final. No hay más que decir. Posiblemente no sea necesario hablar de un antes y un después en el trabajo de Blanca, porque una trayectoria como la suya hace complicado marcar estos momentos de cambio de registro, ella será portadora de este sólido secreto personal. Lo que sí ha dejado claro en Cazorla es que sobre este trabajo se hablará largo y tendido entre los amantes del teatro. Y he aquí el milagro: Mayorga, un discurso y Blanca, que, mezclados con esa paciencia que alumbra a los elegidos, conforman la virtud por la que sobrevive el teatro más allá de los siglos, un milagro escénico que reconforta a los amantes incondicionales del teatro. En la venidera línea cronológica que marca la historia de este arte, para retenerlo en nuestra memoria, el año 2022 marcará con claro brillo la unión Juan Mayorga-Blanca Portillo, como en el pasado lo hicieron nombres unidos por el teatro como Lorca-Xirgu. Silencio, Mayorga dirige, Blanca actúa. Silencio, he dicho silencio. Silencio.

sábado, 29 de octubre de 2022

 


Desde la butaca

“Molly Bloom”

David Gómez Frías

 

Marco: Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo: Sala. Fecha: 28 de octubre de 2022. Escenario: Teatro de La Merced. Obra: “Molly Bloom”. Reparto: Magüi Mira. Versión y Dirección: Marta Torres y Magüi Mira.   Producción: Mirandez Producciones y PENTACION.

 

No se hace necesario en estas líneas un resumen, una reseña siquiera, de la obra que acuna el monólogo versionado por Magüi Mira. James Joyce consiguió con su literatura alcanzar los umbrales del escritor virtuoso, difícilmente imitable e inalcanzable para el grueso lector de los mortales. Su obra “Ulises” encumbra el espacio tiempo de la novela junto al juego caprichoso del estilo narrativo. Un ejemplo de esta magnitud abandona las páginas de papel del último capítulo para tornar, para mudar su piel narrativa, en elemento teatral capaz de alimentar un monólogo inmortal en la esencia de Magüi Mira. Pudiera parecer un ejercicio sencillo pero, si no es fácil escribir sobre la base literaria de una novela todo el bullicio de una mente que recuerda momentos más o menos traumáticos o cotidianos de su vida, dándole no el sentido de una narración descriptiva, sino la viva realidad emocional del personaje, tampoco debe resultar un ejercicio cualquiera extraer el recuerdo de un ajeno que vive en líneas negras sobre fondo blanco, para convertirlo en alguien que te obliga a dejar de ser la persona que interpreta y se convierte en el personaje que vive. Aceptemos entonces el hecho de que Joyce no es masivamente leído por su complejidad literaria, aceptemos el hecho de que en las páginas de su “Ulises” se esconden personajes que pretenden contarnos su vida no desde el proceso narrativo del escritor sino desde su propia mente, aceptemos que Magüi Mira ha extraído uno de esos personajes, Molly Moon, para dar vida a su proceso de memoria vital. Es aquí donde radica la única esencia de este montaje sencillo, expuesto sobre el escenario de La Merced, como antes lo ha sido en otros muchos escenarios. Debemos comprender la complejidad literaria de James Joyce para dar valor al trabajo de Magüi Mira. A partir de ahí Magüi desaparece y toma vida una clara adaptación de Molly Bloom, Penélope actualizada y rebelde con su propio estado emocional, acogida al papel fundamental por el que se debe empoderar a la mujer. Molly Bloom puede vivir en la sumisión existencial obligatoria en la que la mantiene inmersa su propia realidad social, pero se reivindica en los episodios de su propia memoria. Pudiera parecer el reflejo de una mujer objeto, más bien debemos aceptarla como la intérprete callada de su propio modo de sentir, dejarse manipular y ser manipuladora de hombres y mujeres. Es Molly Bloom  quien utiliza el cuerpo y la voz de Magüi Mira para contarnos su propia realidad, para hacernos partícipes de aquello que en su memoria permanece recordándole su condición de mujer, con efectos marcados en su condición de amada y amante. Lo hace aprovechando especialmente la voz de Magüi, cálida y cubierta de matices que van de la pena con amargura a la risa que precisan los instantes concretos. Lo hace aprovechando el gesto adulto ya y especialmente cultivado de Magüi Mira. Digamos pues que sobre La Merced hemos vivido un instante de esos que reducen el tiempo y el espacio a la unión sin trauma del personaje con su intérprete: Molly Bloom en la piel y la voz necesaria de Magüi Mira, convertidas ambas en ese imán por el que el espectador no puede dejar de sentir, desde el silencio perturbador y oscuro de la butaca, el latido provocado del teatro.