viernes, 1 de febrero de 2013

La luz del santo pobre


(Ideal Cazorla, enero 2012)


David Gómez Frías

Dicen quienes mantienen fresca su memoria que nada es como lo fue y San Antón lo sabe. Que antes, recuerdan algunos, se vivía con verdadera devoción el fin de la pascua al mediar enero. La sabiduría popular siempre alargó su fecha hasta el día del patrón de las mascotas y disimuló, disfrazado el ánimo de charanga, el fin de las fiestas navideñas custodiadas, con falta de voluntad real, hasta bien entrado el año. Dicen algunos que, antaño, no faltaban las subastas junto a las huertas que, no haciendo tanto tiempo, rodeaban la ermita de nuestro santo, dibujando los mismos huertos el final del pueblo y el principio de las afueras. Incluso hay quien recuerda la imagen en procesión por las calles del municipio. Pero estos no son más que detalles pequeños, cromos en la memoria por donde pasa aquello que se va perdiendo mientras busca cualquier anclaje con el que evitar todo el olvido. Incluso en mi mente guardo fracciones, secuencias de esta festividad que la infancia retuvo para la colección cromática de mi experiencia. Recuerdo que, siendo yo monaguillo, al limpiar la imagen del santo para la presentación en su día, acariciaba el cerdito que por costumbre le acompaña y mi voz de chiquillo, aún mantenida la inocencia, le anunciaba un paseo callejero que ya nunca llegó. Y recuerdo la costumbre gastronómica de las tortitas mojadas, hasta empaparse, en espeso chocolate. El ritual de su preparación casera a base de masa fina pasada por el rodillo y cortada, si el paño de harina, agua algo caliente, bicarbonato (para que suba un poco) y sal lo permitía, en trozos más alargados que anchos y fritos en aceite limpio de oliva. Luego la familia unida en tradición hasta dar cumplida cuenta del volumen de masa frita presentada en varias bandejas. Y, cuando la noche lo permitía, salíamos para cumplir con el ritual del fuego. El encendido de luminarias que congregaba, por barrios, a los vecinos del pueblo animando a tertulias, juegos infantiles y coqueteos con el peligro, mientras saltábamos de un lado al otro de la lumbre cuando, una vez calmada la llama, se extendían las ascuas ensanchando y alargando la superficie de riesgo. Era el miedo y no la valentía quien impulsaba entonces nuestros cuerpos dibujando el arco del triunfo, la victoria sobre el volcán y maquillando de rojo intenso el perfil de nuestro rostro.
Y apenas queda esto. Cromos en la memoria de cada uno. Las tortitas aún hay quien las hace, cada uno con algún detalle en su receta. Las lumbres todavía se encienden pero ya nada es como lo fue. Ni el fuego ni la masa tienen la vitalidad de la tradición, aunque perviven en la fuerza de la costumbre. La luz anaranjada que en la noche de San Antón libera efímeras estrellas, la luz incandescente del monje pobre sigue prendiendo, pero San Antón se presenta desde los últimos eneros como una fiesta casi abandonada. Incluso su ermita no es ya su casa ni queda en las afueras del pueblo, más bien se diría que se trata de una burla en los planos turísticos que pasan por su apunte con la misma indiferencia que muestran los vecinos al pasar por su fachada. Los niños, adolescentes o adultos, faltos de miedo y valentía, no saltan sobre el fuego y el vigor de la tertulia se crece sobre pancetas y embutidos frescos, puestos sobre las ascuas. No dicta la nostalgia el ritmo de mi palabra, ni obtiene su sabor de cosas que ya no son si se han perdido con la verdad del tiempo. Pero, si es por abandono, la nostalgia es una queja que reivindica las manchas en la túnica del santo pobre, patrón de mascotas y panaderos. Si es por abandono, mi memoria y la memoria de aquellos que recuerdan otro modo de sentir la fiesta, reivindican la altura del fuego, la identidad de San Antón y su regreso pasada la mitad de enero. Y tal vez sería un buen acierto pedir a la crisis una reforma profunda de la que fue, y guarda tronos, la ermita del viejo monje.   

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