domingo, 27 de noviembre de 2011

Ricardo III-Atalaya (25/11/2011)

Arte en los infiernos de Shakespeare
David Gómez Frías

Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Ciclo de Sala. Título: Ricardo III. Compañía: Atalaya. Dirección y adaptación: Ricardo Iniesta. Interpretación: Jerónimo Arenal, Carmen Gallardo, Joaquín Galán, Aurora Casado, Lidia Mauduit, Silvia Garzón, Manuel Asensio, Raúl Vera, María Sanz, Nazario Díaz.  Música: Luis Navarro. Iluminación: Alejandro Conesa. Lugar: Teatro de La Merced. Fecha: día 25 de noviembre.


El teatro escrito no deja de ser literatura que difícilmente llegará a las masas para su lectura. Las obras de los grandes genios pueden llegar a tener mejor suerte pues, por el nombre de su autor, los lectores llenan de prestigio sus disertaciones literarias con un conocimiento más o menos acertado de esta o aquella obra, dejando sobre la misma la sombra permanente de Shakespeare o Calderón, si queremos nombrar un autor español. Pero no deja de ser nada más que literatura y es en el escenario donde dicho arte encuentra su razón de ser. Es en el teatro llevado a escena donde la palabra encuentra su volumen, donde se eleva como un cuerpo vivo sobre el que transitan los sentidos, la imaginación y el arte mismo de lo escrito. En ocasiones, asistir a un montaje montaje teatral puede resultar una experiencia extraordinaria si analizamos los efectos que lo visto sobre las tablas origina en nuestro abismo escenográfico. Es en esas ocasiones cuando el privilegio del teatro deja semillas de conquista y convierte el derecho que concede al público su entrada, en una relación directa e intensa con el arte puro de lo escenografiado. Porque arte fue lo puesto sobre las tablas de La Merced por la compañía andaluza Atalaya. Las incesantes relaciones de un  texto shakesperiano y los amantes del teatro han resultado ser, siempre, un regalo que la grandeza del autor inglés concede a quien se asoma a las páginas de sus dramas, comedias o tragicomedias, sin embargo sobre el trabajo de Atalaya es justo reconocimiento afirmar que sucede lo contrario. Shakespeare recibe el regalo del arte profundo, de la expresión teatral mayúscula surgida de un texto difícil, complejo y extenso en un trabajo que mima la perfección teatral. Ricardo III es, en manos de Atalaya, un montaje hermoso, un texto desgarrado de la piel de la interpretación con la virtud de quien expone sensaciones que hierven en el espectador con la fuerza paralela a la quietud que impone la butaca. Ricardo III es, en manos de Atalaya, un altar a la palabra, un reconocimiento al concepto escenográfico puro, una seducción dibujada entre la luz de las tinieblas y la música que otorga su piel a lo impecable. Los actores pasan por ser el valor más alto concedido a la palabra y la palabra, en sus declamaciones, un rotundo acento que se eleva imponiendo su genialidad sobre cualquier rincón plástico extraído del recorrido de las escenas. Ricardo III es un espectáculo amparado en la sabiduría clara de quien mezcla los ingredientes con la contundencia de los iluminados. Por eso es justo decir que este Ricardo III de Atalaya no es un texto shakesperiano más llevado a escena, sino un montaje inmenso de los que superan la posibilidad inicial de texto y autor. Es preciso, no obstante, lejos de su precisión estética, lejos también del valor emergido en la alta dimensión de la palabra, lejos del trabajo actoral paralelo a la perfección, lejos de luces y música entendidas como un proceso creador estético de altísimo nivel, lejos de la acertada adaptación que alcanza su zenit en un resultado de dirección con la que se acredita la condición de los maestros, lejos de la tragedia misma en la que Shakespeare amontonó la condición del tirano, a este Ricardo III es preciso, como digo, reflejarle un pero, un inconveniente mostrado como una pena personal y pública: el carácter efímero del teatro, el carácter volátil que el precio de la entrada concede a lo expuesto, un paréntesis acotado en el tiempo que dejará en la memoria los restos espectaculares de la palabra alzada, viva y profunda, sobre el escenario.                



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